Revista Educare
UPEL-IPB
Barquisimeto, Edo. Lara - Venezuela

Vol. 24 N° 3
Septiembre - Diciembre 2020

Hacia la paz perpetua, o de cómo trascender la guerra: ideas del deber aprender

Towards perpetual peace, or how to transcend war: ideas of duty to learn

https://doi.org/10.46498/reduipb.v24i3.1380
Nicolás Pérez Gamboa
Universidad de Pamplona, Colombia
Recibido: 07-10-2020
Aceptado: 06-11-2020

RESUMEN

Uno de los sueños, anhelos o esperanzas más grandes del pensamiento general de los seres humanos, ha sido el deseo por vivir en paz. Anhelo que por su gran complejidad de realización suele categorizársele como utópico. Este artículo documental reflexivo aborda la problemática desde la convicción que presupone hablar y pensar en una paz perpetua y desenvuelve su estructura conceptual a partir de la idea del deber, concretamente, un deber aprender. Se examinarán las ideas de algunos autores de la talla de Immanuel Kant, Martin Heidegger, Max Scheler, José Ortega y Gasset, que han aportado su pensamiento a la problemática. Se concluirá afirmando que es deber de la razón aquí, hacer todo lo posible para que la vida prevalezca, anteponerse a los hechos, de este modo, a medida que la vida en sí deje de ser la victima de sí misma, la paz perpetua poco a poco se desplegará en el accionar humano como su fundamento, su forma natural de vivir, su forma natural de ser. Es responsabilidad del hombre moldear y agilizar el proceso deaprendizaje que le imparte su existencia y extraerle el conocimiento fundamental a cada experiencia para que se añada a la experiencia general humana, la cual vendría siendo su historia, de tal modo, la paz perpetua estaría garantizada.

Descriptores:
paz perpetua; guerra;experiencia; deber; conciencia; aprendizaje

ABSTRACT

One of the greatest dreams, desires or hopes in the general thought of human beings has been the desire to live in peace. A longing that, due to its great complexity of realization, is usually categorized as utopian. This reflective documentary article addresses the problem from the conviction that it presupposes speaking and thinking about perpetual peace and develops its conceptual structure based on the idea of duty, specifically, a duty to learn. The ideas of some such authors as Immanuel Kant, Martin Heidegger, Max Scheler, José Ortega y Gasset, who have contributed their thoughts to the problem, will be examined. It will be concluded by affirming that it is the duty of reason here, to do everything possible so that life prevails, to put itself before the facts, in this way, as life itself ceases to be the victim of itself, peace perpetuates little little by little it will unfold in human action as its foundation, its natural way of living, its natural way of being. It is the responsibility of man to mold and streamlinethe learning process that his existence imparts to him and to extract the fundamental knowledge from each experience so that it is added to the general human experience, which would become his history, in such a way, perpetual peace would be guaranteed.

Keywords:
perpetual peace; war, experience; duty; conscience; learning

INTRODUCCIÓN

Uno de los sueños, anhelos o esperanzas más grandes del pensamiento general de los seres humanos, ha sido el deseo por vivir en paz. Ideal que por su gran complejidad de realización suele categorizársele como utópico. Sin embargo, al caracterizar el progreso de la civilización a través de la historia es evidente la manifestación de la guerra y su desenvolvimiento como precursora de los cambios de paradigmas que propulsaron los grandes conflictos bélicos. También es de notar que la expresión de la guerra en el transcurso de la historia es relativa al progreso de la civilización y por lo tanto evoluciona conforme el hombre la conceptualiza experimentalmente y la tecnifica. El avance de la tecnología suele estar estrechamente vinculado a la elaboración de herramientas que optimicen su rendimiento o faciliten el objetivo de alguna causa, avance que en innumerables ocasiones han sido a cauda de la elaboración de armas de combate. Tal evolución de la guerra es proporcional e impulsora de avances científicos significativos para la formación de sociedades más estructuradas, en tanto tecnifica las herramientas en favor de su propia conservación. Actualmente, por ejemplo, se habla formalmente de la ciencia militar, cuyo objetivo es sistematizarse científicamente para incrementar la habilidad de combate y asegurar su vida.

No obstante, mientras la guerra en su visión general adquiere este sentido coevolutivo a la tecnología del hombre, cada vez más conceptualizado y tecnificado conforme se experimenta con su estudio y uso; la paz, como objetivo principal de la acción humana en tanto especie, paradójicamente tiende a relevarse a un segundo plano e inclusive todo sueño de una paz mundial perpetua resulta extremadamente difícil de concebir factualmente, resultando en utópico, como se mencionó anteriormente. Hecho que parece contradecir aquel sentimiento de querer vivir en paz, sin violencia alguna que atente contra la vida. La concepción de una paz que unifique al ser humano como especie está (tras miles de años de pensamiento racional) aún idealizada y su misma estructuración conceptual está limitada al cómo debería ser un mundo sin guerra. Y esto parece indicar que el avance desproporcional en cuanto a la guerra y a la paz se refiere dependen de la experiencia que se tenga de cada una de ellas. Lo anterior explicaría por qué la guerra en su forma más general se adecua fácilmente a la técnica y ha evolucionado como ciencia militar, y es porque el ser humano ha estado más tiempo en conflicto que en tranquilidad a lo largo de su desarrollo dentro de la civilización. Es decir, el desarrollo de la guerra principalmente como ciencia militar y no el de la idea de paz perpetua como precepto de la humanidad se sustentan bajo su orden experimental. Como el ser humano no ha podido experimentar una paz de tal magnitud no se ha propuesto aunar toda su inteligencia, todos sus recursos educativos y tecnológicos, todo su arte y su ciencia en estructurar conceptual y viablemente el camino de la paz. 

Es posible por ejemplo, hablar de un proyecto de suma rigurosidad científica para la creación de artefactos bélicos, tal como la manipulación y combinación de partículas subatómicas para crear bombas nucleares; en contraposición, resulta difícil de concebir un proyecto rigurosamente científico para la elaboración de artefactos para la paz, o concebir una herramienta para la paz también recae en singularidades del lenguaje que no se ajustan a ninguna lógica actual; esto se explica aquí, porque no hay experiencia de ello, ya que tal herramienta para la paz no se experimentado universalmente. No se tiene la experiencia de una paz perpetua, ni la experiencia de una paz factual que haya movilizado a toda la humanidad en un solo camino, o la experiencia de una unificación global en pro de su especie. En cambio, sí se tiene la experiencia de miles de años de conflictos bélicos que han favorecido más su conceptualización y su desarrollo como ciencia inclusive. Y ha creado algo así como una cultura de guerra. La paz, en este sentido, parece que siempre subyace a la guerra como un fin o como una causa difícil de concebir en su más plena expresión y significado.

Este texto de base documental cualitativa reflexiva, aborda la problemática desde la convicción que presupone hablar y pensar en una paz perpetua y desenvuelve su estructura conceptual a partir de la idea del deber, concretamente, un deber aprender, que recae en el ser humano solo por el hecho y la capacidad que posee de conceptualizar ambos fenómenos. De dónde nace la idea más pura del deber y cómo se relaciona directamente con la experiencia de la guerra y el ideal de la paz, es tema que se tratará en éste trabajo. Se examinarán las ideas de algunos autores de la talla de Immanuel Kant, Martin Heidegger, Max Scheler, José Ortega y Gasset, que han aportado su pensamiento a la problemática. Así mismo se profundizará principalmente en algunos pasajes de “la paz perpetua” de Immanuel Kant, publicada en 1745, y que es a mi juicio uno de los más grandes aportes al tema de la guerra y de la paz.

De cómo el curso de la historia y el pensamiento se asemejan y tienden al deber ser del hombre en el mundo

El pensamiento del ser humano tiende a buscar la objetividad. Sus facultades le posibilitan la potenciación de sus propias habilidades, y este hecho es aplicable a su mismo pensamiento, evidenciado en la ruptura del acabamiento como ser vivo al haber registrado deliberadamente su experiencia como registro histórico de su existencia. Sin embargo, según Heidegger (1951), para entender el progreso del ser humano a través de la historia se hace indispensable comprender su historicidad, es decir, la historia que antecede a la historia, el primer desenvolvimiento del ser para luego si formalizarse como historia; así lo expresa cuando afirma que: “la determinación “historicidad” es anterior a lo que llama historia (…). Historicidad quiere decir la “estructura del ser” (…) sobre la base del cual, antes que nada, es posible lo que se dice una “historia mundial” (p.30). Según este autor, la dificultad de distinguir y aprender el conocimiento fundamental de la historia mundial radica en que la tradición de cada generación tiende a ocultar las fuentes primeras de las que brotaron los conocimientos significativos que de algún modo se adhirieron a la historia. Afirmando que: “la tradición, que así viene a imperar, hace inmediata y regularmente lo que transmite tan poco accesible que más bien lo encubre (…) la tradición llega a hacer olvidar totalmente tal origen” (p.31).

Lo anterior trae como resultado que, al estudiar la historia, en este caso, la historia de la guerra y la idea de paz, en primera instancia suele conservarse como valioso o histórico solo las consecuencias de los actos humanos, su aprendizaje más certero en cuanto a lo vivido, es decir, el final de todo lo experimentado, el efecto de su acción como un todo que tiende a disfrazarse como una definición objetiva del ser humano para los ojos de quien estudia su historia. y a partir de allí su pensamiento no logra extraer realmente el sentido pleno de conocer la historia en general ya que no posee la perspectiva temporal de cada generación, ni la agudeza para sopesar la importancia o no de los hechos históricos, y aún menos posee la capacidad de medir o sentir el grado de sufrimiento o dolor de la humanidad en cada suceso histórico, solo puede y en efecto lo hace, recrear tales hechos en apariencia y contexto en base a lo imaginativo o siguiendo la secuela del registro factual. Así lo hace entender Heidegger (1951) cuando explica:

La consecuencia es que con todo su historiográfico interés y todo su celo por una exegesis filológicamente “positiva”, el “ser ahí” ya no comprende las condiciones más elementales y únicas que hacen posible un regreso fecundo al pasado en el sentido de una creadora apropiación de él”. (p.32)

Visto de esta forma, puede aclarar un poco lo que sucede con el estudio de la guerra y el ideal de paz, ya que permite vislumbrar como la historia de la humanidad y la historia de la guerra tienden a entremezclarse a tal punto de parecer lo mismo. Su origen y único participante es el ser humano experimentando con su existencia. Aprendiendo la naturaleza, y descubriendo a través de ella su singularidad. Pero, desde el punto de vista histórico el ser humano como especie adquiere un sentido unánime, el ser de este se unifica con el de la historia y lo define desde sus actos últimos y no desde sus ideales trascendentes, como sería el ideal de paz perpetua. Desde este punto de vista es posible comprender actualmente la utilización de la imagen bélica como herramienta del poder establecido, la amenaza de guerra tiene sus raíces de su efectividad como manipulación de masas en el peso de su historia.

Entendido así el por qué la guerra predomina sobre la paz, permite esbozar idealmente como una paz perpetua sería absolutamente dable en tanto tuviese una experiencia factual y posible tan general y objetiva que pudiese deconstruir el ser de la guerra, entendiendo aquí por el ser de la guerra la no conciencia del valor de la vida en todas sus formas, definición que de ser debidamente entendida y profundizada, encaminaría al pensamiento histórico de la humanidad a desnaturalizar toda forma que transgreda la vida en cuanto tal.

Es de suponer entonces que tal deconstrucción del ser de la guerra, implicaría una transvaloración de conceptos tan fundamentales y arraigados a la conciencia universal como son: la vida, el aprendizaje, la educación en cuanto tal, el progreso, etc., y requeriría de un tal esfuerzo por parte de todo ente educativo para inculcar y difundir a cada individuo dentro de la sociedad la idea de una paz perpetua posible basada en el verdadero e intransgredible valor de la vida en sí misma.

Es por esto mismo que Heidegger recurre necesariamente a la deconstrucción histórica, en su caso, claro, por el sentido de la pregunta por el ser, pero tal deconstrucción ontológica es admisible para la problemática de la guerra y el ideal de la paz ya que pone de relieve como la tradición misma no permite vislumbrar factualmente la posibilidad de una paz perpetua; además, muestra también como inclusive no es posible aun la conceptualización objetiva de las condiciones necesarias para que la paz perpetua pueda darse en la humanidad. De allí también se entiende que se piense en la paz perpetua como ideal, y es precisamente porque, como idea, está sobre cargada de experiencia posible, más nunca en hecho, de todas las generaciones que han vivido la guerra y sus horrores y han clamado por la paz. Era de entenderse, por ende, que para Heidegger (1951) fuese indispensable desvelar el contenido oculto al que la tradición se oponía y transitarlo. De tal modo afirma que: “es menester ablandar la tradición endurecida y disolver las capas encubridoras producidas por ellas (…) en busca de las experiencias originales.” (pp. 32-33). De tal suerte podemos entender entonces que, en términos históricos, el ser de la guerra esta factualmente adherido al ser de la humanidad en sumo mayor grado que el ser de la paz, y esto se explica tal como se ha venido desarrollando, porque el ser de la paz requiere de una experiencia equiparable en hechos al peso experimentado por el ser humano en la guerra.

La conciencia de su inminente muerte obliga al hombre a crear la memoria histórica y es aquí precisamente, donde el deber se manifiesta en su forma más concreta, el deber con la vida. El ser humano muere, verdad indubitable que obliga a su pensamiento a buscar la forma de inmortalizarse, ya sea por la escritura, la educación, o por todo tipo de arte o ciencia; la razón que razona sobre sí misma, se hace poseedora de un deber para consigo misma primero, por tratar de comprenderse, y segundo, un deber más general hacia lo otro, hacia lo que debe hacer con el pensamiento o con la idea del deber en el mundo que habita y de cómo superar su temporalidad. Es por esto que la paz solo sea posible en tanto perpetua ya que su principal fundamento deriva en la no transgresión de la vida en todas sus formas. Solo con el hecho de pensar se responsabiliza de su existencia, y pensar en la posibilidad de una paz perpetua le imparte un deber inmediato a su accionar frente a tal empresa, sin embargo, el peso histórico de la guerra le impide progresar.

El pensamiento, pues, encaminado hacia la paz perpetua, necesita irremediablemente de la inmortalidad, pero no como un fin sino como un medio, requiere de la inmortalidad de la historia. Puede decirse que la historia es el ser humano experimentándose en y frente al mundo. El tiempo no le alcanza al pensamiento, no le sirve, el deber de vivir para algo le exige, trascender su propia muerte, establecida ya como memoria experimentada. El pensamiento hacia la paz, entonces, plasma su camino recorrido en la inmortalidad que creó en forma de historia memorial, y sobre esta historia se desenvuelve olvidándose así de su muerte sin que esto signifique no tener el deber de comprenderla. Al contrario, solo es a través de la historia que el pensamiento se expande y aprende. Hecho que de alguna forma le es inherente a su esencia y permite al pensamiento hacia la paz –eso sí, en sumo menor grado que el de la guerra- colmarse paulatinamente de contenido experimental que, por más pequeño que sea, mantienen el ideal vivo. 

De hecho, es comprensible que el anhelo de paz perpetua tienda a asemejarse como el mayor objetivo de la sociedad, y es porque todo el contenido histórico de lo que se llama historia de la humanidad, tiene como más valioso su contenido experimental, el registro de su aprendizaje. De allí se deriva que la paz, concretamente la paz perpetua, se muestre tácita ante la historia, y tienda a asemejarse más, no con los hechos, sino con los ideales, y es porque, como ser histórico se ve realizada en algún punto indecible del progreso de la humanidad, donde el ser humano tenga reunida la experiencia necesaria y haya aprendido plenamente el verdadero valor de la vida.

Sobre el curso de la naturaleza y su objetivo, toda experiencia bélica debe generar conciencia del ser de la paz

En la naturaleza se haya la garantía de la paz perpetua, es así como inicia el primer suplemento de la obra La paz perpetua de Immanuel Kant (Königsberg, Prusia 1724-1804) publicada en 1795; en el que presenta a la naturaleza como poseedora de plena autonomía. Deposita en ésta una fuerza mecánica, constante y permanente, que en su acción abarca todo lo contenido en ella y cuyo fin consiste en ser la encargada de manipular variables que necesariamente tiendan a contrariarse entre sí, para que el movimiento mecánico natural en las que fueron creadas, no cese, sino que, por su estado de oposición, generen una acción-reacción tendiente a su fin determinado.

Este fin es, por el momento, una continuidad para el hombre, una continuidad histórica que requiere para su debido desenvolvimiento, una lucha incesante, ya sea entre dualidades o multiplicidades, que hagan del movimiento su base necesaria para cumplir con su objetivo. En el caso del ser humano, es la guerra manifestación propia de este movimiento natural que, según Kant, debe transgredir la experiencia humana a tal grado que su conciencia proclame la paz perpetua como objetivo principal de la humanidad.

Proceso de transgresión que actualmente se viene ejecutando y que pone de relieve la lentitud con la que la guerra se modifica y manifiesta en la historia del ser humano y a su vez, el proceso aún más lento del ser de la paz. Se entiende con esto, por ejemplo, que la Declaración Universal de los Derechos Humanos solo haya nacido de los horrores del holocausto y que tengan su gestación hace menos de cien años. No debe decirse por esto que la guerra fue buena o progresista ya que unió a las naciones, puesto que ese hecho solo constituye la accidentalidad de la experimentación bélica del hombre con el ideal de superioridad y respaldo del poder relativos a la guerra.

Sin embargo, esto no significa que Kant deje todo el ideal de paz a suerte de su desenvolvimiento histórico experimental, conforme la guerra transgrede la experiencia del ser humano. Al contrario, cree que es el pensamiento humano único capaz de desnaturalizar el movimiento histórico y que para ello es irremisible consumar en cada individuo como parte de la sociedad, la idea de una paz perpetua posible y necesaria, para “colmar” el pensamiento general de una esperanza tal en su objetivo que deba encausarse hacia la construcción del camino de la paz, como único camino hacia su bien mayor, y que le es preciso, por ende al hombre, solo por saberlo, poner toda su capacidad productiva en todas las ciencias y en todas las artes basado en un aprendizaje sincero hacia el conocimiento, para acelerar la construcción en nosotros del ser de la paz, el ser del bien común, solo entonces la paz perpetua haría parte de la vida inherentemente.

De allí que, según Habermas (1997), la paz perpetua que Kant plantea, introduce en la historia del pensamiento una visión de suma enriquecedora ya que posibilita la paz a través de un factor en común de todo ser humano, el hecho de hacer parte de un solo planeta como habitantes del mundo, y de pensarlo en su conjunto. De este modo afirma que: “Kant introduce en la teoría del derecho una tercera dimensión, una innovación enriquecedora: junto al derecho estatal y al derecho internacional coloca el derecho cosmopolita” (p.61). Si bien es cierto que Habermas le hace una metacrítica rigurosa a la idea kantiana de paz perpetua señalando la imposibilidad de llevarla a cabo doscientos años después -en tanto no se modifique la estructura conceptual en las que Kant la postuló-, también es de resaltar que la hace válida y posible en tanto ordene a la actualidad la conceptualización jurídica de aquella paz cosmopolita.

En relación con esta interpretación de Habermas, Gallie (2014) en su libro “Filósofos de la paz y de la guerra” acentúa en la disposición contextual en que Kant escribió su paz perpetua sugiriendo que el proyecto de paz que Kant elaboró estaba limitado solo por la temporalidad y que, por ende, -como era de esperarse- requería del trabajo unánime de generaciones enteras que aprendieran en esencia de sus más decadentes errores para descontinuar así la historia de la guerra y construir sobre sus cenizas el camino racional de la paz. Así lo da a entender cuando asevera, sobre el proyecto de la paz Kantiana, que:

¿No podría ésta interpretarse como una sucesión de infortunios naturalmente necesarios, salpicados de episodios de ostensible buena suerte, mediante los cuales, sin embargo, el hombre pudiese aprender por tanteos a dilatar el área de su propia libertad racional? Más específicamente, ¿no podría ser que las dificultades, los fracasos y las tragedias característicos revelados en la historia de la humanidad constituyeran una condición necesaria para la expansión de la capacidad humana de enfrentarse racionalmente a las pruebas de la naturaleza, y de empezar a colaborar al hallarse ante ellas? La meta final de ese progreso racional sería un mundo de paz perdurable entre las naciones. p. 29.

Si bien Gallie parece concordar en aquella esperanza kantiana de una paz posible, expone también la inoperancia de ésta en una tradición política que no se fundaba precisamente bajo principios altruistas, justos y sinceros –hecho que se repite actualmente- y declara que en Kant, ese sentimiento de sinceridad frente a la problemática debía ser sustento y responsabilidad de cada hombre para tomar acciones al respecto, para involucrarse de lleno en la resolución de una empresa que les correspondía a todos y cada uno de los individuos en una sociedad, más a aquellos intelectualmente capaces para aportarle historia al ser de la paz y por supuesto, tanto más a aquellos encargados de elaborar las leyes.

De cualquier modo, Kant se ve en la necesidad de otorgarle esa “esperanza sincera” al pensamiento de una paz perpetua y observa en la manifestación de la naturaleza como un todo, la intrínseca relación que vincula al pensamiento mismo con el movimiento histórico, con el movimiento del mundo, incluso descubriendo que la aprensión del lenguaje precisamente es una manifestación de esa naturaleza que garantiza la paz perpetua, como si lo invitara a participar de la objetividad, lenguaje sin el cual el hombre no alcanzaría conceptualmente tales ideas. Es en ese orden de ideas, en las que Kant puede tener semejante empresa como enteramente posible y asegurarla con tal convicción como garantizada.

El movimiento natural es en su paz perpetua, un medio y un fin en sí mismos, la percepción del hombre de lo que llama el todo; no obstante, éste fin es cambiante por su misma condición de movimiento, el movimiento de la historia; es decir, las acciones humanas son por supuesto importantes en dicho movimiento y dependen exclusivamente del aprendizaje que sustraiga de la experiencia histórica, de la experiencia de toda la humanidad, debido a su extralimitación temporal respecto a la multiplicidad inabarcable de lo que hay en el universo y de su capacidad para generalizar ilimitadamente el conocimiento. Así lo hace entender en su “crítica de la razón pura” cuando declara que: “(…) tenemos, (…), la facultad de elevarnos por medio de las representaciones de lo que es útil o nocivo” (p.443). La garantía de la paz perpetua se construye no solo a través de la experiencia vivida sino, -y esto es precisamente lo alentador-, tal garantía se deberá alcanzar gracias a la experiencia posible. Su fin se construye y perfecciona medida que avanza por sí misma, y en sí misma.

La garantía de la paz perpetua se encuentra precisamente en el grandioso artista: la naturaleza. En su curso mecánico se percibe claramente una finalidad que introduce en las contiendas humanas, hasta contra la voluntad del hombre, armonías y concordia. (Kant, 2001, p.53)

Podemos notar claramente, la certeza que le produce a Kant su pensamiento sobre el curso de la naturaleza, en donde la paz perpetua está, no efectivamente, sino causalmente garantizada, y al parecer condicionada por una causa suprema, o leyes desconocidas si es que lo deduce por la providencia, o por azar respectivamente, como él las llama; afirmando que el fin de esta causa es efectuar el último objetivo de la humanidad. De ser así, el fin que persigue la naturaleza está relacionado directamente con el fin del ser humano. Pero esto no está del todo claro, más aun, cuando Kant declara que la objetividad del mecanismo natural se vale de lo que el hombre, en su subjetividad, no lograría comprender ni siquiera por analogía.

Sobre los instrumentos de los que se vale la naturaleza y de cómo el ser humano debe entenderlos y trascenderlos como parte de su aprendizaje

El ejemplo más claro de estos instrumentos, como Kant les llama, es la guerra, de la que se vale la naturaleza para ordenar las variables que usará posteriormente para desenvolverse y alcanzar su fin. Esto no ocurre en el hombre, quien, por falta de entendimiento, de raciocinio, de aprendizaje o de algún factor desconocido, solo logra extraer, por necesidad, la apariencia de la guerra para asimilarla de alguna manera. Todos los actos bélicos y todo lo que se conoce de la guerra hasta ahora es solo resultado su experiencia con el ser de la guerra. El hombre cosifica todo lo que está más allá de los límites del conocimiento experimental, no obstante, al ser humano le bastan las apariencias de lo que logra percibir o entender para llevarlo a la práctica y hacer uso de la práctica para mejorar así, su propio entendimiento, entendimiento que, por supuesto, se ha formado secularmente bajo su primera ideación, cuando concibió por vez primera que entendía.

Asegura Kant que no podemos conocer a la naturaleza directamente y tampoco, por la deducción de todos aquellos artificios de los que se vale en su desenvolvimiento. Aquí cabe preguntarse, si el ser humano no puede conocer directamente a la naturaleza en sí, aun cuando ésta en su paso, deja sus efectos que son perceptibles para el hombre, pero que tampoco a partir de estos puede deducirse algo esencial de ella ¿cómo puede el hombre llegar incluso a suponer el mecanismo de la naturaleza? Para esto, Kant se devuelve a sí mismo la esperanza, o como dijo Gallie refiriendo el humor de Goethe hacía Kant, “Kant se sobre Kantea por entero a sí mismo”, llegando a aseverar que, si bien no podemos deducir algo esencial a partir de los efectos de la naturaleza, lo que si podemos es pensar en la naturaleza a partir de esos efectos. Pero para esto, el ser humano necesita un punto de referencia en el cual apoyarse para formar con él una discusión o ejemplar que le ayude a entender por asociación.

Tal punto de referencia lo encuentra Kant en los actos del arte humano, especialmente en el aprendizaje en sí mismo como puente hacia su total desenvolvimiento, como vehículo para explayarse por entero en tanto facultades y habilidades que, a su vez, tiendan a apresurar el entendimiento de su ser en la existencia, de su objetivo en la naturaleza, del sentido de la vida.

Lo anterior es de suma importancia en Kant, aunque para entenderlo se requiere, claro, ejemplificarlo. Todo acto humano crea una memoria, esta memoria es experiencia, y la experiencia será el apoyo sobre el cual pueda surgir una relación o discusión que le permita al hombre entender-se sobre la naturaleza. Es decir, para que el ser humano pueda entender al menos algo sobre su objeto de estudio, en este caso, la naturaleza, debe, primero, poder salir de si, (autoconciencia), segundo, debe tener a donde ir (su objeto) y tercero, la mezcla o concordia de estos dos creará las bases necesarias, ya sean verdaderas o falsas, y, en el peor de los casos, verídicas, para empezar a aclarar o extender su entendimiento; todo esto, claro, lo hace en segundo plano, más allá de su cuerpo; es la naturaleza efectuándose en el ser humano. si esto es así, la forma en que aprendió a entender está alejada de ser una casualidad natural, si es que puede llamársele a algo así, de cualquier forma, esto indica que el pensamiento en sí mismo es fruto necesario de la naturaleza, me atrevo a decir que es su misma dualidad, su primera expresión más significativa.

La forma en la que ella existe es como la concebimos, el pensamiento humano en sí mismo es la forma más cercana hasta el momento de la esencia de la naturaleza. Por esta razón, Kant hablaba con convicción acerca de la garantía de la paz perpetua, porque es la naturaleza misma expresándose en el ser humano conforme este amplía la objetividad de su pensamiento, y la generalidad de su experiencia en el ser de la paz. La paz perpetua está pensada, planeada por la conciencia más cercana a la esencia de la vida, pero por su generalidad o universalidad requiere más tiempo.

Volviendo al ejemplo de la guerra y lo que ha significado para el ser humano, ésta ha dejado a su paso la memoria vívida y dolorosa de la sangre, experiencias que suelen pesar más en la conciencia e incitan irrevocablemente al hombre a accionar distinto. Modifican su conducta y la actividad de su pensamiento mucho más rápido que la experiencia común; de ahí que haya sido la guerra el instrumento del cual se vale la naturaleza para desenvolverse, cabe aclarar que al hablar de la guerra me refiero a esa primera forma de su esencia desconocida para el ser humano aun, pero desde la cual se concibe su forma primitiva expresada en el ser humano. La idea que tenemos los seres humanos sobre la guerra no es precisamente la forma natural de la guerra, su principio de acción, sus leyes, operan totalmente distinto a como nosotros expresamos la idea de guerra.

Así, los actos del arte humano incluyendo por supuesto la educación y el aprendizaje como puentes directos hacia su desenvolvimiento pleno, son efectos también de algún artificio de la naturaleza, incognoscible en sí misma, por su objetividad, para que el hombre le sirva de instrumento en su finalidad. No es de extrañarse entonces que las mayores expresiones de la guerra en el ser humano hayan sido tan recientes y, es más, en este sentido era de esperarse que el actuar humano desembocase en semejantes atrocidades, aun con miles de años de experiencia como ser pensante, aun con sistemas educativos elaborados, ciencias y artes en gran medida desarrolladas y es porque, generación tras generación tienen como antecedentes, registros bélicos sepultados debajo de donde se edifican sus mismas culturas; es decir, se desarrollan en una cultura de guerra y amplían la experiencia histórica de la misma.

Que haya habido una segunda guerra mundial es una vergüenza indescriptible para la razón, en el sentido de que todo cuanto el hombre había descubierto hasta ese entonces (no hace más de cien años) fue totalmente en vano, como un retorno inmediato hacia la bestialidad; en tal grado de transgresión de la experiencia es que fue indefectible “declarar” los derechos universales del hombre. Es de resaltar también que, medio siglo después, en 1993, se gestara el “Proyecto Gran Simio” una organización internacional que reúne a investigadores de diferentes campos de estudio y que promueve una Declaración de los Derechos de los Grandes Simios proyecto que, según Singer (2003): “consiste en una idea, un libro y una organización(p. 169). Un proyecto que ejemplifica lo que se ha venido tratando, y es que muestra como la concepción de la vida está definida bajo el estandarte de cuanto le atañe a la vida del hombre, de las consecuencias de su ser bélico. De allí que proyectos como este, de protección y legalización de derechos para animales no humanos surjan solo después de una declaración universal de derechos del hombre. Puede decirse que es el ser de la paz haciéndose historia con la transvaloración de esos conceptos que se suponían como incuestionables, tales como la vida, la igualdad, el mismo concepto de hombre, etc., y que fueron puestos en duda factualmente por los horrores de la guerra. De esta forma sostiene Singer (2003) que:

Al insistir en la irrelevancia moral del hecho de ser miembro de la especie y sostener que, por ejemplo, el embrión, el feto o el individuo en estado comatoso no son humanos en el sentido evaluativo, estos autores demolieron la dimensión inclusiva del humanismo y, en consecuencia, la noción tradicional de la comunidad moral. Y esto propicio, naturalmente, la revisión del estatuto moral de los seres no humanos que, mediante su crítica de la dimensión exclusiva del humanismo, la ética de la liberación estaba elaborando. (p. 173)

De tal manera, muestran estos hechos como es a partir de la deconstrucción del ser de la guerra que un nuevo valor se le agrega a la condición “vida” y facilitan entrever que en tanto más ambicioso respecto a esta transvaloración se sea, mucho más podrá el ser de la paz hacerse en el camino del hombre ya que en el algún punto de la historia de la humanidad la vida en si misma se habrá colmado de tanta historia de paz y el valor real de la vida y su sentido que, irremediablemente tenderá el pensamiento a no transgredirla.

Retornando a Kant, en primera instancia, este vínculo tan estrecho con el que Kant relaciona a la naturaleza misma, en su curso supremo, con el ser humano, al parecer, único participante consciente del movimiento de la naturaleza, pero inconsciente de su fin, nos muestra que la concepción kantiana del "todo" es, no creacionista por parte del ser humano, sino descubridora potencial de principios. Los principios están, existen, y son por si mismos gracias a su objetividad intrínseca.

El hombre no los crea y tampoco llega directamente a conocer su esencia, sino que, por necesidad, y como probabilidad, solo los llega a asimilar conforme a sus propios conocimientos empíricos. Aquellos que los subyacen, los a priori, son meros accidentes necesarios para el desenvolvimiento del entendimiento mismo. La esencia de los principios universales está, dijéramos, cifrada para el entendimiento humano, más la constitución del hombre es participativa de ciertas características que le ayudaran a comprender representativamente lo que su entendimiento logre extraer de la lucha permanente, necesaria, inductiva, deductiva, asociativa o analógica de la causalidad.

Entendido así el accionar del hombre en el mundo, la única forma en la que éste trata de acercarse más a la fuente de todo conocimiento, el bien supremo, o la paz perpetua, es incrementando su historia en el mundo, (actualmente es un ser de guerra por desarrollarse en una historia de guerra) la cual, debido a su finitud, se ve representada por el pensamiento general de la humanidad, aquella visión unánime de la que se dice historia del ser humano y representa la totalidad de la especie, o de la que se dice también como el ser humano y su estancia en el mundo, en fin, es en la historia donde la conciencia de su mortalidad deposita toda esperanza de trascender su mismo entendimiento y aprendizaje.

Seguramente no podremos conocerla claramente, debido a la existencia de artificios dentro de la naturaleza, tampoco somos capaces de deducirla a partir de ellos. Podemos y debemos, en cambio, pensarla según ellos, para formar concepto de su probabilidad, por semejanza con los actos del arte humano. (Kant, 2001, p.54)

El hecho de que el ser humano logre pensar en este mecanismo que posee la naturaleza y que luego lo relacione directamente consigo mismo, como si entendiera que hace parte de este, y que la razón humana en un principio lo convierte en un propósito moral (es decir, el deber) según Kant (1795), es una idea trascendente teóricamente. No sabemos ni podremos saber que pretende la naturaleza en sí, ya que ésta, en su esencia, se encuentra fuera de los límites de la experiencia posible, temporal y espacialmente, aun así, lo que el hombre por sus propios actos de aprendizaje, ya sea por inducción, deducción, analogía, etc., logre asimilar de la naturaleza, la razón lo trasladará al ámbito moral, ya que ha sido precisamente a través del aprendizaje de los actos del arte humano, de donde ha surgido esa idea representativa del mecanismo natural. La moral es, entonces, un reflejo no de la naturaleza sino de aquel mecanismo del que se vale ésta, la guerra, y que deberá desnaturalizarla en cuanto historia, para formar sobre esa total experiencia bélica el camino ineludible de su contrariedad, el camino de la paz, de allí que las costumbres sean características de la cultura, y es entendible que, al no haber una costumbre plena de paz, el hombre tienda a “repetirse” por así decirlo, en muchas generaciones, el hombre como ser errático.

Sobre la moral y de cómo trascenderla

Lo trascendente, según lo que se ha tratado hasta el momento, es el cómo el ser humano, a sabiendas de la representación que se hace del mecanismo de la naturaleza, lo relaciona directamente con el deber. En un principio, deber organizacional para con sus semejantes, por vivir en sociedad. Esto quiere decir que aun ahora en nuestros tiempos todavía no ha trascendido este primer deber que asimila. Pero esto al parecer es necesario. La idea que nos hacemos del deber es apenas una imagen de algo en lo que no podemos pensar; sin embargo, estas imágenes son pueriles, llevan consigo el germen de la guerra y del movimiento, lo que significa, que son cambiantes. Se necesita ser primero imagen o representación para, posteriormente, ser o adentrarse en el ser de la esencia. Así, hay un segundo deber, más importante, al que requiere llegar el ser humano. Tal es, podríamos llamarlo, deber natural o deber objetivo universal, aunque en aquel deber natural ya entra la objetividad.

El ser humano, consciente del funcionamiento natural de oposición, lo utiliza incluso contra esta tendencia hacia la guerra de la que se vale la naturaleza, pretendiendo con esto, realizar un fin moral. El fin de la moral representaría el inicio del camino hacia la paz. La paz perpetua entonces, surgiría de la utilización de la representación del mecanismo de la naturaleza en contra de la tendencia de la misma naturaleza a utilizar la guerra para su fin. Lo que Kant pretende hacer, es usar el descubrimiento del mecanismo de la naturaleza para traerlo a la acción humana, y, contrariándola, lograr el fin moral. Aunque esto último, en la práctica, sea considerado por Kant (2001) como dogmático.

La representación de su relación y concordancia con el propósito que inmediatamente nos prescribe la razón, el propósito moral, es una idea que en sentido teórico es trascendente; pero en el práctico, por ejemplo, en el caso de deber de la paz perpetua, para usar en su beneficio el mecanismo de la naturaleza, es dogmática y bien instalada en su realidad. (Kant, 2001, p.54)

La naturaleza, dotada de autonomía, conoce su mecanismo y por lo tanto posee un fin por el que funciona. Ésta se vale de las tendencias humanas y las utiliza de tal forma que, conociendo su naturaleza cambiante y aprehensora, contrariada consigo misma por la autoconciencia que posee, como si llevase dentro, dice Kant, el germen de la guerra, se valdrá de estas tendencias, utilizándolas de acuerdo con sus planes determinados.

La diversidad de los seres humanos, sus diferencias culturales, la distribución de estos por todo el planeta, su aprendizaje y entendimiento, incluso hasta su capacidad de adaptación a su entorno, hace parte del plan de la naturaleza. Necesariamente debe haber oposición en todo cuanto exista y está en la naturaleza, como si fuesen, pequeños engranajes que trabajen para esta. Su objetividad es intrínseca, universal, y dijéramos, impenetrable para la razón humana, ya que no posee, precisamente, la subjetividad del hombre dual o la experiencia necesaria.

El bien y el mal son inexistentes en la lucha suprema universal que subsiste por su fin mismo. Toda interpretación del hombre hacia la naturaleza solo será posible por asimilación de sus propios actos, que serán, puntos de referencia para comprender. Más incluso esta asimilación que el hombre utiliza para su entendimiento, solo podrá alcanzar la imagen del objeto que intenta conocer.

Es así como la guerra en sí misma, por ser de la naturaleza, como mayor mecanismo de esta, es objetiva en su acción sobre los hombres, pero éste, con una capacidad limitada para poder penetrar en las esencias, apenas si puede alcanzar la apariencia de la guerra, y así, la utiliza también como medio para crear posibles nuevos bienes (convenientes). De aquí se sigue que, dada la subjetividad de este, por alcanzar solo la apariencia de los objetos, en este caso la guerra, cree subproductos como el bien y el mal, que, si bien forman una rivalidad que se asemeja a la forma cómo actúa la naturaleza (contraponiéndolo todo), en el hombre su campo de acción se extenderá a la creación de las leyes que faciliten su convivencia, ya sea a favor o en contra de su voluntad. El bien y el mal son aquí la representación moral de la contraposición natural.

Aun cuando un pueblo no se quisiera reducir al imperio de las leyes públicas, para evitar las diferencias internas tendría que hacerlo así, por que la guerra externa lo obligaría a ello. En realidad, todo pueblo, de acuerdo con la disposición general ordenada por la naturaleza, tiene en torno pueblos que lo acometen y para defenderse de ellos, ha de organizarse como potencia, es decir, se convertirá internamente en un estado. (...) más la naturaleza viene en ayuda de la voluntad general, fundamentada en la razón de esa voluntad tan honrada y elevada en teoría, como incapaz y débil en la práctica. (Kant, 2001, p. 65-66)

Ahora bien, hay que preguntarse, ¿que pretende la naturaleza con el ser humano? Como ya se dijo anteriormente, los seres humanos son instrumentos de los que se vale la naturaleza para cumplir su fin. Por medio de la guerra los distribuye a lo largo del planeta, por medio de la guerra los separa en pequeños estados y por medio de la guerra hace nacer en el hombre su acción hacia lo "otro", ya sea para conquistar, para hacer justicia etc., en todo caso, para experimentar con libertad. El poder razonado. La naturaleza, según Kant (2001) también se sirve de dos medios para evitar la confusión entre los pueblos y así mantenerlos separados: la religión y el idioma.

Así, según lo anterior, la apariencia de la guerra promueve a la actividad humana, y lo moviliza incluso a detenerla como referente de poder, como si la naturaleza expresada en el pensamiento del hombre descubriera la oposición entre la conciencia y la acción bélica, la oposición entre conciencia y muerte, emprendiendo un camino hacia la deconstrucción del ser de la guerra por distinguir desde la objetividad de su proyección histórica, lo útil y bueno a lo que su mismo pensamiento se encauza, a destruir esa primera forma de expresarse en la historia como ser bélico o conflictivo. En otras palabras, intenta rehacerse en la historia, pero ya desde su acción de paz, a formarse en la historia sinceramente en su ser de la paz, de la paz perpetua, precisamente esto el punto clave, pues sin importar los efectos colaterales que pueda producir la guerra en el hombre, el espíritu de éste se mantiene en su forma objetiva, en tanto ser pensante, inalterable respecto a su propósito.

Lo anterior no significa que la naturaleza pueda fallar en su empresa con el ser humano. O que el ser humano le haya fallado. El mecanismo se mantiene intacto aun cuando en éste, la imagen de la guerra pueda verse deformada y en retroceso por la subjetividad. Lo que deforma es solo la imagen que ha podido alcanzar, más no la guerra en sí. El germen tendiente a la hostilidad persiste en cada ser humano y, por lo tanto, por vivir tan cerca unos de otros, la autoconciencia de cada quien se limita por la del otro. Por consiguiente, los puntos de referencia continuarán lamarcha de la naturaleza en el ser humano, la contienda y la rivalidad, aun actualmente hacen parte de sus mayores características como especie conflictiva, y seguirá así, en tanto el ser humano, o lo que se llama humanidad, no reencuentre o experimente el verdadero valor de la vida, valor que contendrá también su sentido mismo.     

La garantía de la paz perpetua se construye conforme la guerra se desenvuelve en el hombre, quien, por su cercanía con el otro y lo otro, cae en cuenta de su finitud en cuanto libertad, y la hostilidad que le procurará, quizá instintivamente, quedará, por necesidad, doblegada por la supervivencia. El hombre se verá enfrentado a la decisión de, o morir o convivir. Como resultado de esto, nace la moral, la ética y la política.  Así, las tendencias egoístas de cada ser humano tendrán que chocar unas con otras y a su vez, contenerse de desencadenar un efecto mortífero o destructor. Las bases de la moral más común se sustentan en las similitudes como especie dominante.

De tal modo, la guerra aquí apacigua el enfrentamiento entre la muerte y la convivencia creando la moral entre los individuos, y a su vez, hostiliza sus tendencias egoístas de tal manera que, se vean en la necesidad, por la supremacía de la vida, de contenerlas, hasta el punto de que su razón se vea obligada a intentar objetivarse a sí misma como una generalidad que contenga en si todas las razones de los hombres, creando un bien común necesario que asegure la vida y que contraríe a la guerra. Las leyes nacen como imagen viva de la represión de la libertad limitada por el otro y por lo otro. La razón quiere vivir o lo prefiere así, pero no como un sentimiento sino como una necesidad. La razón del pensamiento natural requiere de su vida, la vida del ser humano, para cumplir un fin del que se hace una idea por su condición de tender hacia los objetos, de estar en una constante marcha hacia algo. El ser hacia el mundo, el ser de la naturaleza que se expresa en el ser humano como pensamiento, el ser que aprende, que entiende, que se pregunta pos su sentido y que se hará voluntariamente historia para representar la totalidad de lo que se conoce como pensamiento humano agregándole a la posteridad valor experimental que lo acerquen cada vez más a su objetivo como humanidad.

La razón sabe que su vida consciente pasa a un segundo plano una vez que empieza a conocer, pero su movimiento depende de su vida. Así, para continuar, la razón natural primero se ve obligada a mantener la primacía de la vida para que su movimiento no sea entorpecido. Para lograrlo, no ve otra opción que sacrificar parte de sí, la plena libertad con la que se vio a sí misma en un principio, tendría que ser modificada, conscientemente limitada por el otro y por lo otro, porque la vida, su vida, de otra forma se vería amenazada y su movimiento, por lo tanto, estaría en riesgo de cesar. La razón solo es, por su movimiento. Por el ser es y por el ser entiende, como el ser humano requiere entender su movimiento-ser, no debe detenerse en la historia, por decirlo de alguna manera.

De esta forma, las leyes son erigidas de entre las minas de la vida "en sí" incomprendida, dándole así importancia intrínseca a la vida, sin valorizarla. El ser de la guerra hace que lo lleve directo a la razón práctica y no trascienda en la razón pura como idea posible. Esto se refleja fielmente en el mecanismo del corazón, en donde, su autonomía pasa a un segundo plano. Pero que lo haga no significa que pierda su importancia, sino que la certeza absoluta que le produce esto es tanta, que efectivamente sabe que verdaderamente vive, y en el ser humano, su misma conciencia sobre su vida se traduce en ideas de verdades estables, la vida misma como una verdad absoluta sobre la cual el ser humano encuentra una base firme sobre la cual apoyarse. Y a la que tratará de acercarse en esencia para desvelar su ser de la paz como un fin último con el que empatiza el aprendizaje mismo de su ser pensante. Paradójicamente se necesita estabilidad para continuar. Pero su estabilidad debe ser lo más cercano a una certeza; su estabilidad es condicionada por la razón de posibilidad.

Las leyes son un reflejo de esta lucha por proteger la vida. Pero esto no significa que deban ser permanentes. Es decir, las leyes deben crear la experiencia suficiente para que la razón no pueda o deba, ni siquiera pensar nuevamente en destruir la vida. Sobre esta reestructuración conceptual de la vida, José Ortega y Gasset (1915, como se cita en Gibu, 2015) ofrece esta definición a modo de crítica a lo expuesto por Max Scheler:

«Vida» no es solo la lucha por el crecimiento y por el poder, es también seguridad y confianza en la permanencia de las cosas, capacidad de separarse de la naturaleza refugiándose en la propia intimidad y voluntad de transformar la naturaleza a partir del mundo esbozado a través de la imaginación. (p. 125)

Es esta voluntad de transformar la naturaleza en la que se efectúa y aprende el ser de la paz. Es esta unión entre razón y experiencia la que garantizaría la paz perpetua. Básicamente es aprender en esencia de su ser errático sin que esto signifique que todo acto pueda justificarse. Y esto último lo tendría que garantizar la misma razón, ya que por su dialéctica de posibilidad puede discurrir sobre cada variable que pueda presentar un evento bélico en estado de potencia. Aun cuando se extienda a otra generación postrera. Tanto más objetiva en tanto su poder de realización cuanta más conciencia de paz se agregue a su historia.

De esta forma, las leyes tienen esta tendencia a modificarse conforme la experiencia se lo exige. Sin embargo, el ser humano no ve en las leyes un escalón sino una superficie plana. Como si el estado legal definiera por entero su ser. Es por esto que no ha intentado superarlas, trascenderlas, sino que se ha instalado en su propia creación representativa. Creación y modificación de leyes permanentemente. El ser humano no ha construido escalones sobre las leyes porque aún no ha pensado en objetivarlas, para hacer de esa creación, un acercamiento más profundo a su objetivo de ser en el mundo y en ella. Quizá no es que esté "estancado", tal vez, según lo anteriormente dicho sea parte del proceso natural. El hombre aún se encuentra conociéndose a partir de lo que crea representativamente.

Hay que decir que cuando se piensa, cuando se afirma que el ser humano efectivamente se halla frente a un obstáculo que le impide avanzar, ¿no es esto representación de un deber que el ser humano, en su acción, siente o piensa que debe realizar, algo así como un llamado de la naturaleza? Si bien esta idea resulta determinista, el pensamiento contra posicional sobre todo acto posible vislumbrado en la razón, le concede al ser humano el poder para modificar el curso de su historia de guerra, ya sea haciéndolo más lento o adelantándolo. De cualquier forma, la historia misma se encarga de otorgar la razón.

Las leyes por ahora son contenedoras de las hostiles tendencias humanas. La vida debe naturalmente prevalecer ante todo y a consecuencia de esto, es deber de las leyes, por ahora, modificar la conducta humana, pasando de ser éticamente malo, como Kant les llama, a convertirlos en buenos ciudadanos. Esencialmente buenos, porque conocen. La vida en si debe adquirir un estado de imperturbabilidad inclusive hasta en pensamiento. A consecuencia de esto la paz perpetua estaría garantizada.

Se trata de ordenar su existencia en una constitución, de tal modo que, por más que sus sentimientos íntimos sean contrarios y hostiles unos a otros, queden contenidos y el resultado público de la conducta de esos seres sea justamente el mismo que si no tuvieran malos instintos. Es necesario que este problema tenga solución. Puesno se trata del mejoramiento moral del hombre, sino del mecanismo de lanaturaleza, y el problema es averiguar cómo se utilizará ese mecanismo natural en el hombre, paradisponer las inclinaciones contrarias y adversas, de modo tal que los individuos, en su totalidad, sientan la obligación de someterse a lasLeyes y forzosamente deban viviren relaciones pacíficas, cumpliéndolas.(Kant, 2001, p.67)

Nos representamos la totalidad de lo que percibimos según la experiencia adquirida. La moral es el resultado de la guerra objetiva de la que se vale la naturaleza. Pero el fin de la moral no es mejorar al hombre. La moral pareciera, se construye necesariamente para que sea un punto de referencia general, objetivo, como el aprendizaje en sí mismo, en donde la razón del hombre pueda apoyarse para así poder objetivar su propia subjetividad. Quizá, hasta la creación de la moral, puede relacionarse con el interés del hombre por penetrar en la esencia de la naturaleza, como si sintiese que, por el hecho de pensarla y tratar de comprenderla, le recae indefectiblemente toda la responsabilidad respecto a ella.

Cabría preguntarse en este punto, ¿cómo se llega a poseer la certeza absoluta de que verdaderamente se es autónomo?, porque la estabilidad y confianza que les produce a los seres humanos poseer el control sobre las decisiones, debió tener un ejemplar de ratificación que lo llevara a establecer esa certeza sobre la cual, necesariamente, tendría que empezar a desenvolverse y sentirse libre. El ser humano, consciente o inconscientemente, sabe que es libre. La autonomía de la naturaleza y la autonomía del hombre pareciera, se relacionan mutuamente. La autonomía del hombre parece ser un reflejo del desenvolvimiento de la naturaleza expresada en su pensamiento. Pero el ser humano, en su finitud y subjetividad no logra adentrarse en la objetividad de la naturaleza. La naturaleza es objetiva porque ya no es objeto de sí misma. Pero el homo sapiens aun es objeto de sí mismo. La naturaleza se conoce, podría decirse que sabe lo que es, su fin. Es por esto que efectúa, sobre todo. Sus pasos son agigantados y sin embargo pareciera, requiere del ser humano, pues es a este a quien le muestra apenas un reflejo de lo que podría ser. Así, el ser humano es proceso para sí mismo; toda creación por parte de éste que tenga como base descifrar, se relacionará directamente con la tendencia de la guerra natural de crear reflejando por contraposición. La conciencia de la guerra por acción de no semejanza crea el camino del ser de la paz.

Trascender la moral, objetiva la razón y explaya el aprendizaje

La moral entonces, le servirá al ser humano para objetivar su propia autonomía. Es por esto que la moral requiere de leyes universales, requiere reunir la voluntad de todos los seres humanos en una sola voluntad, la voluntad general. ¿Por qué? se podría decir que la creación de leyes universales que faciliten su conservación o convivencia, tienen un fin exclusivamente moral, pero esto aquí es incorrecto. El ser humano requiere objetivar su subjetividad a fin de poder penetrar en la esencia de la naturaleza. Es esto lo que debe entender. Y en la moral, el ser humano encuentra un paradigma en el cual, su razón, se expandirá, porque la voluntad se ha generalizado, la voluntad de todos y cada uno de los habitantes del planeta, y este hecho, que parece común a simple vista, no lo es, porque la voluntad general será una representación de un fin universal que se asemeja estrechamente con el fin de la naturaleza. La voluntad general en sí, la asimilará el ser humano por medio de analogía y esto tendría que ayudarle a generalizar un fin.

Es decir, por disposición de la naturaleza y por la acción de la guerra se crea la moral, no para que esta rija sus vidas, sino para que sea un ejemplo de asociación en el cual el ser humano pueda entender mejor por qué y para qué posee autonomía. Esto lo conducirá a concientizarse tanto más de sí mismo cuanto más se acerque a su responsabilidad en y con la naturaleza. La voluntad general es un ejemplo de un acercamiento a lo que llamamos objetividad. Cuanta más objetividad mayor comprensibilidad y, por ende, mayor conciencia de vida.

La razón, en la moral, se ve obligada a verse a sí misma, de tal manera que se incluya como parte del todo, y no solo eso, sino como aquella única parte que efectivamente sabe que es parte de algo, que se parece a gran escala a la forma como él mismo funciona, el ser humano se acerca a lo que tanto busca a medida que conoce y comprende su propio mecanismo. El ser humano se encuentra con las cosas. Los nombres de las cosas son solo los residuos de su búsqueda. El ser humano se recrea, se rehace en sus propias creaciones, pero sus creaciones son representaciones. La razón no puede conocerse a sí misma directamente, sino que necesita al parecer de puntos de referencia desde los cuales pueda retornar a sí misma. Un punto de retomo para un punto de partida. Punto de referencia el cual el hombre ha encontrado en la educación misma como despliegue de su ser histórico, como expresión más contundente de su ser de paz.

La paz perpetua, más que una sátira, representa a la razón. La razón que no debe darle jamás la espalda a la experiencia. Los actos humanos están limitados por el plano físico. Pero tal límite también puede ser supuesto por la razón de posibilidad. Esto quiere decir que de una experiencia física la razón del hombre puede multiplicar sus efectos posibles y abarcarlos en su entendimiento hasta el punto de crear las condiciones necesarias para que tales actos (bélicos) no puedan expresarse. El pensamiento debe tener tal conciencia de lo que significa pensar la vida que se verá en semejanza con el universo en el que está contenido, por tales afrontamientos con lo eterno, lo imperecedero, lo atemporal, y todo aquello que no se asimile a su sistema de medida y valor, como ser pensante se hará responsable en tanto pueden ser conocidas por él como individuo.

A medida que la vida en sí deje de ser la victima de sí misma y se le devuelva su verdadero valor, la paz perpetua poco a poco se desplegará en el accionar humano como su fundamento, su forma de ser con el mundo, el motivo de su aprendizaje, en tanto trascendencia.

Sobre la imperativa necesidad de educar el ser de la paz

A lo largo de este escrito se ha expuesto la paz perpetua como posible y necesaria, esto, claro, en tanto el ser humano se dé por entero a tal empresa, deberá comprender en sumo grado la importancia de rectificar ineludiblemente el valor de la vida, ocultado por el ser de la guerra en toda su historia. Para acercarse a dicha comprensión la conciencia debe hacer del aprendizaje, concretamente, un aprendizaje objetivo en cuanto al verdadero valor de la vida, única senda hacia su trascendencia como especie.

La conciencia de la humanidad necesariamente debe objetivar a través de su aprendizaje toda cuanta experiencia bélica haya vivido para educarse en esencia de los errores que le impiden construir y vislumbrar cada vez más posible el camino hacia la paz perpetua. Camino que debe estar colmado de aprendizaje del ser de la paz como experiencia posible, necesaria e inherente al ser de la humanidad y que, irremisiblemente, debe abarcar la totalidad de las individualidades que pertenecen a la sociedad, para que pueda darse. Es menester concebir por cada ente educativo un aprendizaje univoco que aúne la dirección del pensamiento de la humanidad hacia la certera posibilidad de una paz perpetua, de la cual puede decirse, nos espera, siempre y cuando el valor verdadero de la vida haya sido devuelto a nuestras conciencias de ser pensante como protector de toda vida en tanto pensarla.

De todas formas, es responsabilidad del hombre moldear y agilizar el proceso de aprendizaje que le imparte su existencia a través no solo de su vida sino de la vida de cada generación y extraerle el conocimiento fundamental a cada experiencia para que se añada a la experiencia general humana, o de la humanidad, la cual vendría siendo su historia; historia humana con una visión puesta en la experiencia posible que serían garantes de la paz perpetua.

Para concluir, no hace falta señalar cuantos interrogantes quedan por resolver respecto de el por qué el hombre no ha podido trascender la guerra y vivir armónicamente en función de paz, pues sin duda son demasiados. Sin embargo, se ha expuesto que pensar en la paz, en cuales quiera de sus formas posibles, invita a responsabilizarse de lleno en tal empresa, a través de su ser histórico como ser humano. Concretamente es el ser histórico quien nos responsabiliza, como seres pensantes de paz, a buscarla en esencia. Tal vez aquella definición del ser humano en la que se le proclama como amo y señor de la naturaleza no tenga nada que ver con su capacidad de dominio y destrucción, muy al contrario, podría entenderse como aquella distinción que posibilita en él la expresión más perfecta de la naturaleza, de la que ella nos hace partícipes y, por ende, únicos capaces de transformarla, de redireccionarla inclusive, en aras por supuesto, de nuestro propio bien.

En vista de las sumas vicisitudes a las que se enfrenta la educación en general y de la problemática social que la subyace, una de las mejores formas educativas en las que me veo responsabilizado a intervenir es la reflexiva ya que facilita su introducción a la temática en todos los niveles educativos, en tanto así sea, para cerrar este artículo concerniente todo a la paz perpetua como posible y necesaria, no está demás preguntarse si es una cuestión temporal el que la paz perpetua pueda realmente darse, cuánto tiempo o experiencia requiere el hombre para trascender la guerra y ser de la paz y si, por saber y concientizarse del deber como ser que piensa la vida en sí misma, la conceptualiza, la trasciende en su significado tendiendo a protegerla. Si emprendiese de hecho la tarea de reconstruirse a sí mismo en una nueva historia de paz, y si colocase todo su esfuerzo en esa causa, habiendo dispuesto todo su arte, toda su ciencia y tecnología, en fin, si se entregase de lleno como especie a descubrir su objetivo como ser humano ¿no debería esperarse perse un verdadero progreso de lo que llamamos humanidad? Y si diera esto, ¿no es previsible que, habiendo alcanzado tal grado de conciencia, su pensamiento se explayase a cosas más elevadas que aquellas que lo intranquilizan impidiéndole ser un ser libre? De ser así, crecer como humanidad es el primer paso para crecer como individuo.

La concepción de “humanidad” representa el ser de la paz de todos nosotros, desde los albores de la primera ideación de guerra la idea de paz ha tratado de germinar -perezosamente- en el ser humano a través de la experiencia de su historia (sobrecargada de experiencia bélica) razón suficiente para explicar por qué actualmente toda sociedad, por más pequeña que sea, contiene la violencia en un sin número de manifestaciones y es porque nacen en la fuerza contundente de la historia del ser de la guerra, y por la misma fuerza que le impele el haber pensado su contraria como posible es deber ineludible de su pensamiento rehacerse en su ser de paz.

REFERENCIAS

Habermas. J. (1997) La idea kantiana de paz perpetua. Desde la distancia histórica de doscientos años. Traducción y notas de Juan Carlos Velasco Arroyo. Isegoría.

Heidegger, M. (1951). El ser y el tiempo. Trad. de José Gaos, México: Fondo de Cultura Económica

Gallie, W. B. (2014). Filósofos de la paz y de la guerra: Kant, Clausewitz, Marx, Engels Y Tolstoi. Traducción de Jorge Ferreiro Santana. México: Fondo de Cultura Económica.

Gibu, S. (2015). En torno a la esencia del poder. Un estudio comparativo entre Max Scheler y José Ortega y Gasset. Franciscanum,163(1), 125-153.

Kant. E. (2001). La paz perpetua. Clásicos de bolsillo. Longseller. Buenos Aires, Argentina.

Kant. E. (2012). Critica de la razón pura. Versión española de Manuel García Morente y Manuel Fernández Núñez, México, M. Porrúa.

Singer, P. (2003). Desacralizar la vida humana. Ensayos sobre ética. Edición de Helga Kuhse. Traducción de Carmen García Trevijano. Cátedra. Madrid.